Fue un otoño, se acercaba el invierno, y la ardilla Oki, se preparaba para resistir la fuerte tormenta en compañía de una deliciosa nuez; el sábado en la mañana saldría en búsqueda de su nuez perfecta… lamentablemente al día siguiente no despertó tan temprano como pensaba… ya iba tarde para el invierno, salió agitado de su madriguera, deseando que pudiese encontrar una nuez.
Cuando salió, se dio cuenta de que la mayoría de las nueces habían sido llevadas por las demás ardillas, sin embargo siguió buscando… todavía había tiempo de encontrar la perfecta nuez que había soñado la noche anterior…
En el camino encontró una nuez de color marrón sin embargo estaba partida por una parte, cuando Oki la ardilla se acerco a observarla, otra ardilla al mismo tiempo se acerco.
La otra era una hermosa ardilla llamada Doki, que, le cedió la nuez. Sin embargo, Oki contesto que esa no era la que buscaba y sin perder tiempo se marcho.
Al siguiente día encontró otra nuez, color marrón y completa, sin embargo tenia un sucio por debajo, después de detenerse a pensar, Oki decidió que si encontró una nuez completa mañana encontraría una limpia; en cuanto se iba apareció la ardilla Doki; la que saludo desde lejos; no obstante la ardilla Oki estaba muy apurada por encontrar una nuez, que no se dio cuenta de la presencia de ella.
Luego de dos días, encontró otra nuez, estaba completa, color marrón y limpia; se podría decir que era la nuez perfecta; sin embargo era muy pequeña como para aguantar todo el invierno. A su lado apareció la ardilla Doki, tenia la pierna lastimada notó Oki, sin embargo no quiso entrometerse en asuntos que no eran de su incumbencia, la saludo y siguió buscando una nuez.
Esta vez, corrió más rápido ya que habían pasado tres días y todavía no había encontrado una nuez, y como no podía detener el invierno; debía encontrar una cuanto antes.
Esta vez, le tomo cinco días encontrar otra nuez, parecía perfecta, pero no tenia el brillo que tanto anhelaba en su nuez; pero no sabia cuanto tiempo pasaría hasta encontrar otra, por lo cual se sentó a pensar ¿si tomar la semilla o no? Al cabo de tres minutos llegó Doki, al parecer más enferma y triste que la última vez que la vio. El estado de Doki, le preocupo y decidió dejarle la nuez a ella.
Toma esta nuez, para que te recuperes, le dijo Oki; sin embargo Doki no quería tomarla decía que el la encontró primero y que debía tenerla él.
A lo que respondió, que no era necesario tomar la molestia ya que buscaba una nuez mas brillante, con estas palabras Oki se marcho nuevamente en su búsqueda…
Siete después, encontró a la ardilla Doki nuevamente al lado de una hermosa nuez, ¡Doki había encontrado la nuez perfecta que tanto buscaba! Pensó Oki…
Oki se acerco con cautela, y observo que sin duda la nuez estaba en perfectas condiciones y cumplía con todo el que el deseaba en una nuez; sin embargo la nuez había cegado a la ardilla de observar que a su lado Doki se encontraba toda lastimada, enferma, debilitada y más delgada.
Oki le preguntó a Doki si tomaría la nuez, a lo que respondió ella, que no, que había cuidado esa nuez especialmente para él, ya que sabía que Oki buscaba esa nuez. Oki sorprendido por la generosidad de la otra ardilla y deslumbrado por la nuez, la tomó, le dijo gracias y hasta luego.
A la mañana siguiente, llegó a donde todas las ardillas se habían reunido para pasar el invierno, Oki felizmente llevó su nuez, sabia que seria la envidia de todos; no podía esperar a observar la cara de sus compañeras al ver lo que había encontrado.
Pero al llegar, resaltó que las ardillas compartían en parejas la nuez que habían encontrado. Fue, cuando realmente se pregunto que debía haber buscado ¿Una nuez o una pareja? Se sentó y observó a las demás, al mismo tiempo reflexiono, que la nuez no lo mantendría vivo por mucho por más brillante o grande que fuera, y que sólo el calor de otra ardilla haría menos frio el invierno.
Había sido una tonta, se dijo para si mismo Oki.
Pero luego se recordó de la ardilla Doki, la busco desesperadamente entre las demás ardillas, pero no hubo rastro de ella, ni si quiera ese pelaje tan hermoso que tanto admiraba de ella, ni un rastro de ese bigote.
Otra ardilla se acercó, y le preguntó buscas por Doki ¿Verdad? Oki sorprendido dijo que si; a lo que responde ella… Que no sabia nada de ella, desde hace tres días, lo ultimo que sabia era que había estado pasando todo el otoño consiguiendo una nuez perfecta para la ardilla que tanto amaba.
Oki recordó la noche pasada, cuando recibió la nuez, no se había fijado en el mal estado que estaba Doki, ahora que se ponía a pensar, se dio cuenta que cada encuentro la ardilla se veía peor…¿Fue hace tres días, el limite de la ardilla Doki? ¿Fue ese el último encuentro con ella? Se había dado cuenta de lo tonto que era, que duro todo el otoño buscando lo que desde un principio ya había encontrado.
A veces, en nuestras vidas buscando por algo especifico, dejamos pasar las maravillosas cosas que ya tenemos o que nos rodean; inclusive buscando, podemos encontrar algo aun mucho mejor. Sin embargo, el tiempo corre, y parece que no nos detenemos a observar aquellos pequeños detalles; los cuales son la verdadera felicidad que se esconden en los rincones de nuestras vidas.
Son solo aquellas oportunidades, que llegan cuando uno menos lo espera; si la ardilla se hubiese percatado de ella, hubiese tenido la oportunidad de salvarla, la oportunidad de resistir el calor y la oportunidad de tener la compañía que tanto había esperado. Hubiera tenido una Okidoki (oportunidad)
-Vwei19
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martes, 10 de marzo de 2009
sábado, 7 de febrero de 2009
***Mi historia***
Esta es mi historia, erase una vez una calabaza… es decir yo la calabaza, vivía en una florería, junto a hermosas doncellas donde las lagrimas rebotaban de sus hojas y se perfumaban de polen.
Fue en primavera, cuando el dueño observó que las calabazas no se vendían, por lo tanto decidió hacer una oferta, puso las calabazas más hermosas debajo de un árbol de cerezo que estaba en frente de la tienda. Sin embargo, yo no estaba entre de ellas, ya que era feo.
Día a día, observaba como las calabazas de al frente eran acariciadas por el viento, por una manta rosada de olor cereza y brillaban con los rayos del sol. Mientras yo permanecía dentro de lo que para mi era una incubadora. Hasta ahora, nunca había sentido el sol en mi pobre cuerpo naranja, pero no dejaba de soñar con el día en que alguna persona me recogería y me cuidaría.
Las siguientes semanas, clientes entraban en la tienda con ojos luminosos preguntando a cuento era la oferta de los arboles de cerezo. El dueño sorprendido exclamó que la oferta eran las calabazas, y que los arboles de cerezo no tenían nada que ver con su tienda. Muchos rieron, otros se desilusionaron, había quienes amenazaban al dueño diciendo “¿Quién es lo suficientemente loco para comprar calabazas? ¡Nunca las venderás!”
Llegó el verano, y los clientes dejaron de pasar, ya que sabían que las ofertas eran las calabazas y no los arboles de cerezo. Sin embargo, llegó un hombre de pelo largo, sombrero ridículo y ropas extravagantes. Y decidió comprar algunas calabazas, casi la mitad de ellas. El dueño emocionado, le vendió las más bonitas, una vez compradas. El dueño por curiosidad le preguntó al hombre si necesitaba fertilizante para cuidarlas, a lo que el hombre rió. “¿Cuidarlas? ¿Quién dijo que las cuidarías? Las voy destrozar para hacer una obra de arte con su jugo.” Fue lo que le dijo al dueño.
El dueño se dio cuenta, que sacrificó a sus calabazas, que cometió un suicidio imperdonable. Desde entonces, decidió tomar precaución y vender las más feas primero. Por lo cual me miró y me dijo, “Tu serás vendida la próxima vez”. A pesar de que me contentó al escuchar que saldría de la tienda, me entristecía que quisiese deshacerse de mí.
El otoño arribó, y el cielo comenzó a tornarse rojo, las flores de cerezo dejaron de ser la atracción, ya que ahora solo podrías admirar un árbol solitario que perdió a sus bailarinas en medio de un baile.
Pero, fue el momento en que las calabazas resaltaron en el ambiente caluroso que iniciaba al otoño. Fue cuando muchos clientes preguntaron por las calabazas, el dueño como prometió intento venderme, pero los clientes exclamaban “¿A quien intentas engañar?” “Yo quiero una de esas que están afuera que son hermosas, no como esta es repulsiva”. Fue como a mitad de otoño que el dueño subió los precios de las calabazas, y dejó de intentar venderme. A veces decía que cuando llegase el invierno me tiraría a un perro.
Pero luego, la campanita de la tienda sonó, esta vez entro fue una vagabunda, joven, de pelo alborotado y ropas desaliñadas. Con su poco dinero, pidió una calabaza, el dueño le dijo que no, que ella no seria capaz de cuidar ni una mosca, y corrió a la joven de la tienda.
Al día siguiente la misma mujer, fue nuevamente a la tienda a comprar una hermosa calabaza para su pobre vida. El dueño dijo que no numerosas veces, hasta que un día le dijo “Ya que quieres tanto una calabaza, te daré esta de aquí” La mujer me miró, y dijo que me llevaría.
¿Acaso esta loca esta mujer? Me dije yo, ¿Cómo va a gastar todo su dinero en una calabaza tan fea como yo?
Me cargó en sus brazos, y me dijo, “tranquila, que hare de ti la calabaza más hermosa”. Esta mujer, no tenia hogar, de hecho me llevo sólo a una cuadra de la tienda. Donde desde que me compró, todos los días cuidaba de mí, me alimentaba con fertilizante, cuidaba mis ramas, me limpiaba, me cantaba y me mimaba.
Poco a poco, para finales de otoño e inicios de invierno, las demás calabazas comenzaron a podrirse, a envejecer y a dejar de ser la hermosa calabaza que adornaba el cielo. Sin embargo, yo crecí, me hice más hermosa y atraía las miradas de cualquiera.
Fue entonces cuando el negocio de mi dueña empezó, al principio era gratis, cuidaba las calabazas de los demás; pero debido a su buen trabajo las personas insistían en pagarla, tímidamente mi dueña aceptó.
Poco a poco tuvo muchos mas clientes, pero no importaba cuantas calabazas tuviera que cuidar siempre me daba un cuidado especial.
Me sentí feliz, ya que no sólo había despertado la belleza en mi, si no que el dinero que había gastado en esta solitaria calabaza había sido duplicado; lo suficiente como para poder vivir y alimentarse.
A mediados de invierno, un joven hermoso pasó por nuestro pequeño estante, que ahora detrás tenia una pequeña casita, donde la dueña dormía, y donde nos colocaba cuando las tormentas batían en este el frio invierno.
El joven admirado por su trabajo y dedicación, le pregunto si vendía calabazas a lo que ella respondió que no, que las cuidaba. El joven interesado pasaba todos los días a platicar con mi dueña, poco a poco se fueron enamorando.
Desde entonces mi vida era perfecta, tenía una dueña feliz y enamorada, con un lugar donde dormir, que me amaba y cuidaba; y que me había hecho una calabaza feliz interna y externamente. Incluso pude platicar, con las flores invernales que nacían en la acera de enfrente. Todo era como magia para mí.
Fue un día en que nevaba, se aproximaba una gran tormenta y ya estaba por terminar el invierno. La joven tenía una cita ese día con el joven que había conocido hace tiempo. Durante el día, estuvo tarareando una cancioncita de felicidad, que era como el polen para nosotros que absorbíamos su felicidad. Llego al punto, en que todas las calabazas tarareamos la misma canción, aunque ella no pudiera escucharnos.
Al ocultarse el triste sol, que no brillo mucho ese día. El joven había llegado a buscarla, sorprendida mi dueña no estaba preparada por lo que le pidió al joven que llevara todas las calabazas adentro de su casa. Mientras ella se vestía.
Al terminar, salió mi dueña luciendo un hermoso traje que no era lo que la alta sociedad lucía, pero era un traje que le quedaba hermoso, igual que su sonrisa que adornaba su cara. El joven admirado exclamo, lo preciosa que se veía. A lo que mi dueña respondió con un sonrojo de mejillas.
Partieron hacia su cita, se aseguraron de que las calabazas estuvieran adentro y de que la casa estaba bien cerrada. Pero……
No se habían dado cuenta que yo había quedado afuera, de seguro con toda la agitación y la emoción, me habían olvidado. Además el amor hace ciego a las personas, pero de seguro cuando regresen me cuidaran con generosidad.
En la tormenta resistí lo mas que pude, el cielo estaba oscuro, el viento se agitaba golpeando los arboles rústicamente y devorando toda criatura débil que se encontrara fuera del calor de su hogar. Mis ramas, se congelaron y se cayeron, sin embargo seguí resistiendo.
“No le puedo hacer esto a mi dueña”, me dije a mi mismo. Dentro de la tienda, las demás calabazas admiraban mi dureza y valor, apoyándome con gritos de ánimo.
Sin embargo, la tormenta empeoraba y mi dueña no llegaba. Me decía, “no puedo ser egoísta es un día especial para ella, quizás el joven decida declarársele. Por eso, tengo que resistir, para ver su hermosa sonrisa que calentara mi cuerpo congelado”.
Cada minuto me debilitaba más, mi corazón dejaba de latir, ya no me quedaban ramas, no conseguía moverme, el dolor se hizo presente con cada copo de nieve que caía sobre mí, hasta que no pude más….
La nieve me cubrió por completo, hizo de mí alrededor, un infierno cristalino. Me cegó de la belleza, y congeló todas mis esperanzas.
Lloré pero mis lagrimas no salían, “lo siento” es lo que te diría. A pesar de todo tu esfuerzo, cuidado y ánimo que has puesto en mi, no pude aguantar, no pude demostrarse lo fuerte que era el amor entre nosotros dos. No pude demostrarte mi gratitud. “Lo siento”… sólo espero que sepas lo agradecido que estoy por haberme comprado ese día de otoño, que vayas donde vayas no me olvides y que consigas tu felicidad con ese buen joven.
Ese día muchas plantas habían muerto, casas fueron derribadas con la tempestad de la tormenta y animales habían perdido sus crías. Además fue el día en que partí de este mundo como la calabaza en que nací.
-Vwei19
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PD: Sorry for my sp errors.
Fue en primavera, cuando el dueño observó que las calabazas no se vendían, por lo tanto decidió hacer una oferta, puso las calabazas más hermosas debajo de un árbol de cerezo que estaba en frente de la tienda. Sin embargo, yo no estaba entre de ellas, ya que era feo.
Día a día, observaba como las calabazas de al frente eran acariciadas por el viento, por una manta rosada de olor cereza y brillaban con los rayos del sol. Mientras yo permanecía dentro de lo que para mi era una incubadora. Hasta ahora, nunca había sentido el sol en mi pobre cuerpo naranja, pero no dejaba de soñar con el día en que alguna persona me recogería y me cuidaría.
Las siguientes semanas, clientes entraban en la tienda con ojos luminosos preguntando a cuento era la oferta de los arboles de cerezo. El dueño sorprendido exclamó que la oferta eran las calabazas, y que los arboles de cerezo no tenían nada que ver con su tienda. Muchos rieron, otros se desilusionaron, había quienes amenazaban al dueño diciendo “¿Quién es lo suficientemente loco para comprar calabazas? ¡Nunca las venderás!”
Llegó el verano, y los clientes dejaron de pasar, ya que sabían que las ofertas eran las calabazas y no los arboles de cerezo. Sin embargo, llegó un hombre de pelo largo, sombrero ridículo y ropas extravagantes. Y decidió comprar algunas calabazas, casi la mitad de ellas. El dueño emocionado, le vendió las más bonitas, una vez compradas. El dueño por curiosidad le preguntó al hombre si necesitaba fertilizante para cuidarlas, a lo que el hombre rió. “¿Cuidarlas? ¿Quién dijo que las cuidarías? Las voy destrozar para hacer una obra de arte con su jugo.” Fue lo que le dijo al dueño.
El dueño se dio cuenta, que sacrificó a sus calabazas, que cometió un suicidio imperdonable. Desde entonces, decidió tomar precaución y vender las más feas primero. Por lo cual me miró y me dijo, “Tu serás vendida la próxima vez”. A pesar de que me contentó al escuchar que saldría de la tienda, me entristecía que quisiese deshacerse de mí.
El otoño arribó, y el cielo comenzó a tornarse rojo, las flores de cerezo dejaron de ser la atracción, ya que ahora solo podrías admirar un árbol solitario que perdió a sus bailarinas en medio de un baile.
Pero, fue el momento en que las calabazas resaltaron en el ambiente caluroso que iniciaba al otoño. Fue cuando muchos clientes preguntaron por las calabazas, el dueño como prometió intento venderme, pero los clientes exclamaban “¿A quien intentas engañar?” “Yo quiero una de esas que están afuera que son hermosas, no como esta es repulsiva”. Fue como a mitad de otoño que el dueño subió los precios de las calabazas, y dejó de intentar venderme. A veces decía que cuando llegase el invierno me tiraría a un perro.
Pero luego, la campanita de la tienda sonó, esta vez entro fue una vagabunda, joven, de pelo alborotado y ropas desaliñadas. Con su poco dinero, pidió una calabaza, el dueño le dijo que no, que ella no seria capaz de cuidar ni una mosca, y corrió a la joven de la tienda.
Al día siguiente la misma mujer, fue nuevamente a la tienda a comprar una hermosa calabaza para su pobre vida. El dueño dijo que no numerosas veces, hasta que un día le dijo “Ya que quieres tanto una calabaza, te daré esta de aquí” La mujer me miró, y dijo que me llevaría.
¿Acaso esta loca esta mujer? Me dije yo, ¿Cómo va a gastar todo su dinero en una calabaza tan fea como yo?
Me cargó en sus brazos, y me dijo, “tranquila, que hare de ti la calabaza más hermosa”. Esta mujer, no tenia hogar, de hecho me llevo sólo a una cuadra de la tienda. Donde desde que me compró, todos los días cuidaba de mí, me alimentaba con fertilizante, cuidaba mis ramas, me limpiaba, me cantaba y me mimaba.
Poco a poco, para finales de otoño e inicios de invierno, las demás calabazas comenzaron a podrirse, a envejecer y a dejar de ser la hermosa calabaza que adornaba el cielo. Sin embargo, yo crecí, me hice más hermosa y atraía las miradas de cualquiera.
Fue entonces cuando el negocio de mi dueña empezó, al principio era gratis, cuidaba las calabazas de los demás; pero debido a su buen trabajo las personas insistían en pagarla, tímidamente mi dueña aceptó.
Poco a poco tuvo muchos mas clientes, pero no importaba cuantas calabazas tuviera que cuidar siempre me daba un cuidado especial.
Me sentí feliz, ya que no sólo había despertado la belleza en mi, si no que el dinero que había gastado en esta solitaria calabaza había sido duplicado; lo suficiente como para poder vivir y alimentarse.
A mediados de invierno, un joven hermoso pasó por nuestro pequeño estante, que ahora detrás tenia una pequeña casita, donde la dueña dormía, y donde nos colocaba cuando las tormentas batían en este el frio invierno.
El joven admirado por su trabajo y dedicación, le pregunto si vendía calabazas a lo que ella respondió que no, que las cuidaba. El joven interesado pasaba todos los días a platicar con mi dueña, poco a poco se fueron enamorando.
Desde entonces mi vida era perfecta, tenía una dueña feliz y enamorada, con un lugar donde dormir, que me amaba y cuidaba; y que me había hecho una calabaza feliz interna y externamente. Incluso pude platicar, con las flores invernales que nacían en la acera de enfrente. Todo era como magia para mí.
Fue un día en que nevaba, se aproximaba una gran tormenta y ya estaba por terminar el invierno. La joven tenía una cita ese día con el joven que había conocido hace tiempo. Durante el día, estuvo tarareando una cancioncita de felicidad, que era como el polen para nosotros que absorbíamos su felicidad. Llego al punto, en que todas las calabazas tarareamos la misma canción, aunque ella no pudiera escucharnos.
Al ocultarse el triste sol, que no brillo mucho ese día. El joven había llegado a buscarla, sorprendida mi dueña no estaba preparada por lo que le pidió al joven que llevara todas las calabazas adentro de su casa. Mientras ella se vestía.
Al terminar, salió mi dueña luciendo un hermoso traje que no era lo que la alta sociedad lucía, pero era un traje que le quedaba hermoso, igual que su sonrisa que adornaba su cara. El joven admirado exclamo, lo preciosa que se veía. A lo que mi dueña respondió con un sonrojo de mejillas.
Partieron hacia su cita, se aseguraron de que las calabazas estuvieran adentro y de que la casa estaba bien cerrada. Pero……
No se habían dado cuenta que yo había quedado afuera, de seguro con toda la agitación y la emoción, me habían olvidado. Además el amor hace ciego a las personas, pero de seguro cuando regresen me cuidaran con generosidad.
En la tormenta resistí lo mas que pude, el cielo estaba oscuro, el viento se agitaba golpeando los arboles rústicamente y devorando toda criatura débil que se encontrara fuera del calor de su hogar. Mis ramas, se congelaron y se cayeron, sin embargo seguí resistiendo.
“No le puedo hacer esto a mi dueña”, me dije a mi mismo. Dentro de la tienda, las demás calabazas admiraban mi dureza y valor, apoyándome con gritos de ánimo.
Sin embargo, la tormenta empeoraba y mi dueña no llegaba. Me decía, “no puedo ser egoísta es un día especial para ella, quizás el joven decida declarársele. Por eso, tengo que resistir, para ver su hermosa sonrisa que calentara mi cuerpo congelado”.
Cada minuto me debilitaba más, mi corazón dejaba de latir, ya no me quedaban ramas, no conseguía moverme, el dolor se hizo presente con cada copo de nieve que caía sobre mí, hasta que no pude más….
La nieve me cubrió por completo, hizo de mí alrededor, un infierno cristalino. Me cegó de la belleza, y congeló todas mis esperanzas.
Lloré pero mis lagrimas no salían, “lo siento” es lo que te diría. A pesar de todo tu esfuerzo, cuidado y ánimo que has puesto en mi, no pude aguantar, no pude demostrarse lo fuerte que era el amor entre nosotros dos. No pude demostrarte mi gratitud. “Lo siento”… sólo espero que sepas lo agradecido que estoy por haberme comprado ese día de otoño, que vayas donde vayas no me olvides y que consigas tu felicidad con ese buen joven.
Ese día muchas plantas habían muerto, casas fueron derribadas con la tempestad de la tormenta y animales habían perdido sus crías. Además fue el día en que partí de este mundo como la calabaza en que nací.
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